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Sola y borracha….venga ya!

Que tal estais cucarachos?
Yo llevo toda la semana que da igual lo que haga, duermo = sudor, veo una peli = sudor, camino = sudor, me quedo quieta = sudor, me ducho = sudor, ceno = sudor….
No se si os pasa lo mismo, la temperatura en mi casa ya no baja de los 30º …que me da igual, que ya puede apretar el calor, que recuerdo veranos como estos, trabajando en el Tequila, donde NO TENIAMOS AIRE ACONDICIONADO!!! donde habían tres o cuatro ventiladores llenos de roña hasta la bandera y que sólo apuntaban a los clientes, y aun con todo y con eso, con las neveras a todo trapo dentro de la barra, servía birras y cubatas como si no hubiese un mañana, con las greñas sueltas por el culo, e ir medio desnuda en la barra.
Es que, como decía mi abuela, «los jóvenes os quejáis por vício, no sabéis lo que es pasar hambre»
Y que razón tenia.
Hoy el post, no va del calor, va de una crítica social (para variar) sobre las absurdas exigencias de la gente, cuando ya el derecho a la pataleta, se ha convertido en un sin sentido tremebundo de desavenencias.
Estaba hablando con un amigo este din de semana, con el que fui a darme un buen voltio por parques del centro de Barcelona, y decíamos:
El tema de «sola y borracha, quiero volver a casa»
Si claro, y yo quiero que se inventen los teletransportadores, del estilo Star Trek de una puta vez…
Vivimos en una falsa sensación de seguridad, donde las personas, creen, que el mundo es un lugar seguro.
Hasta cierto punto, si lo es, al menos en occidente, pero si te vas a países como la India, Haití u otro del estilo, te darás cuenta, que esa falsa sensación de seguridad, es fluctuante.
Ya no os cuento, el caso, de la chica que se fue a recorrer el mundo y se la cargaron…pero volvamos al tema.
Pongamos que un dia, vuelves a tu casa SOLA Y BORRACHA, ok, tienes todo el derecho del mundo a hacerlo, no hay delito tipificado que culpabilice esa acción.
Bien, estás tan borracha, que subes las escaleras del metro, nadie te sigue, nadie te ha parado, nadie te ha dicho NADA, es más en la calle no hay nadie. Continuas andando y cuando llegas cerca de tu casa, como te sientes que quieres llegar rápido, aceleras, tropiezas con el bordillo, estampas tu jeto contra una farola, vale! te has hecho daño, pero NO PASA NADA, ESTÁS VIVA, aceleras por que te duele y quieres llegar a casa, pero eres tan jodidamente idiota y estas tan jodidamente borracha, que te vuelves a tropezar, te estampas contra una pared, esta vez el golpe es más fuerte, del retroceso, te caes de espaldas, con tan mala folla, que te abres la crisma, tienes una rotura de cráneo y como estás SOLA y casualmente, NO HAY NADIE EN LA CALLE, te desangras en el suelo.
El primer transeúnte que pasa a tu lado, es una mujer que se iba a trabajar, te intenta mover, ve que no tienes reacción y llama a una ambulancia, ella se va a trabajar cuando recogen tu cuerpo y adiós muy buenas.
Claro que si, acabas de llegar a tu casa SOLA Y BORRACHA!!! pero muerta y nadie te ha tocado un sólo pelo, todo te lo has hecho tú.
Entendemos ahora, por que es estúpido defender semejante gilipollez? Llegan tus padres, se cagan en todo y culpan al ayuntamiento, de que no hubiera un policía cerca, culpan al gobierno, de poner aceras demasiado duras, que deberían ser anti caídas, claro, no hechas para resistir el paso del tiempo y la fricción, no ..ni mucho menos, que lo importante es que si te caes, que no te puedas hacer daño.
Así llegaríamos, hasta el capítulo de House of Cards, del «melocotonoide» una tipa, va hablando por teléfono mientras conduce y se fija en una escultura en medio de una rotonda se estrella, se mata y la culpa es de la escultura, no de que ella, fuera mirando algo que no debía mientras conducía.
Aquí en Barcelona sucedió un caso que siempre me ha parecido muy ilustrativo.
Un conductor perdió el control de su vehículo después de distraerse mirando un enorme anuncio publicitario situado en el entonces Fashion Café. El coche invadió la acera y atropelló a varios peatones, con un desenlace trágico.
Lo interesante no es solo el accidente, sino el debate que se abrió después. Si el conductor se distrae mirando un anuncio, ¿de quién es la culpa? ¿Del anuncio? ¿Del establecimiento? ¿De la empresa que lo colocó? ¿O de quien, voluntariamente, apartó la vista de la carretera?
En aquella época hubo una gran polémica sobre la posible responsabilidad del Fashion Café, cuya imagen estaba asociada a supermodelos como Naomi Campbell, Claudia Schiffer y Elle Macpherson. Con el paso de los años, lo que quedó claro para mí fue la pregunta de fondo.
Porque si aceptamos que cualquier elemento capaz de distraer puede convertirse en responsable de una tragedia?
Entonces no habrian límites.
Habría que retirar las vallas publicitarias, las esculturas de las rotondas, los escaparates llamativos, las luces de Navidad, los edificios singulares… cualquier cosa que pueda hacer que alguien deje de mirar donde debe.Y, sin embargo, todos sabemos cuál era el verdadero problema: el conductor dejó de prestar atención a la carretera.
La realidad es incómoda. No podemos construir un mundo donde sea imposible distraerse, equivocarse o cometer imprudencias. Lo que sí podemos hacer es organizarnos y aprender para reducir los riesgos y exigir responsabilidades a quien realmente toma la decisión que provoca el daño.
Sabemos que el riesgo existe. Precisamente por eso debemos organizarnos para reducirlo todo lo posible, sin caer en la ficción de que podremos eliminarlo por completo.
Porque si mañana desaparecieran todas las agresiones sexuales, seguirían existiendo los accidentes de tráfico, los incendios, los derrumbes, las enfermedades, los robos… Vivir implica convivir con la incertidumbre.
La cuestión es qué hacemos como sociedad para que esos riesgos sean cada vez menores.Por eso me gusta más hablar de seguridad razonable, que de seguridad absoluta.
No podemos controlar las acciones de los delincuentes antes de que ocurran. Eso sería vivir en Minority Report.
Lo que sí podemos controlar es cómo diseñamos nuestras ciudades, cómo educamos, cómo actuamos cuando se denuncia un delito, cómo perseguimos al delincuente y cómo nos organizamos para que cada vez tengan menos oportunidades.Pensemos en, aceptar la realidad pero, sin resignarnos a ella.
La realidad no cambia porque la neguemos, pero tampoco mejora porque nos resignemos a ella.
Aceptar que un problema existe no significa aceptarlo como inevitable.Acepto que existen los asesinatos. Si, pero no me resigno a que existan.
Acepto que existen las violaciones. Si, pero no me resigno a que existan.
Acepto que existen los robos. Si, pero no me resigno a que existan.Negarlo sería absurdo.
Resignarse también.
Creo que la postura que tengo, se parece bastante a la de Karl Popper cuando hablaba de la «ingeniería social gradual». Popper criticaba tanto las utopías que prometían una sociedad perfecta, como la resignación de pensar que nada podía mejorar.
Su idea era: no construiremos un mundo perfecto, pero sí podemos hacerlo mejor corrigiendo problemas concretos uno a uno.No estoy hablando de vestir de una manera para evitar provocar a un agresor. Estoy hablando de vestir de una manera que no me reste capacidad si tengo que salir corriendo, forcejear o defenderme. Son dos cosas completamente distintas.
Durante años salía de trabajar a las tres de la madrugada. Nunca llevaba tacones. Siempre iba con deportivas. Además andar con tacones 1.4 kilómetros en una caminata de más de 45 minutos, era meterse un tiro en el pie. Y no, ni había dinero para taxis, ni para autobuses…Procuraba no repetir siempre el mismo recorrido. Aunque hiciera calor, solía llevar una camiseta encima. No porque creyera que enseñar más o menos piel cambiara a un delincuente, (de hecho he ido muchas veces con tops por la noche, pero con condiciones) sino porque, si alguien intentaba agarrarme, no quería que mi propia ropa se convirtiera en un obstáculo.
Cualquier prenda que limite la movilidad puede ser una desventaja si necesitas huir o defenderte.Ese principio también se aplica a:
Unos tacones de 12 cm, una falda tubo muy estrecha, un vestido que se rompe con facilidad, un abrigo largo que se engancha o un burka que limita la zancada o la visión periférica.
Si algún día tengo que salir corriendo, quiero poder correr. Si tengo que dar una patada, quiero poder darla. Si tengo que forcejear, no quiero que mi propia ropa juegue en mi contra. Da igual que esa ropa sea un vestido de tirantes, unos tacones de aguja o una prenda que limite mis movimientos. El problema no es la estética. El problema es la funcionalidad.
La libertad consiste en poder elegir. Y yo elijo no ponerme obstáculos a mí misma por si algún día tengo que reaccionar.
Soy de esas personas que, cuando sale a la calle, mira a su alrededor antes de echar a andar. Observo el entorno. No dejo que mi perro se aleje demasiado. No voy por la vida buscando demostrarme nada ni pensando que soy inmortal.
Si algún día veo una injusticia y creo que puedo hacer algo (sin convertirme en otra víctima en el intento) probablemente lo haga. Pero una cosa es actuar y otra muy distinta hacerlo de forma temeraria. o impruedente.
Una vez alguien me dijo: «Esa sensación de invencibilidad que tienes no es buena». Y quizá tenga parte de razón.
Porque el peligro existe.
Siempre ha existido.
La diferencia es que yo no quiero vivir pendiente del miedo. Prefiero vivir pendiente de la realidad.
La realidad me dice que no puedo controlar todo lo que ocurre a mi alrededor, pero sí puedo controlar cómo me preparo, cómo observo mi entorno y cómo reacciono cuando algo no me cuadra.
No hago esas cosas porque crea que el mundo es un lugar horrible.
Las hago porque sé que no es un lugar perfecto, ni seguro aunque nos intenten vender lo contrario.
El peligro existe. Lo que me niego es a que el miedo tome todas las decisiones por mí.
Os voy a poner como ejemplo una película muy dura, de Monica Bellucci, «Irreversible»
Cuando ves la película con calma, empiezas a identificar una bandera roja detrás de otra. Ninguna de ellas provoca la agresión. Ninguna convierte a la víctima en responsable. Pero todas forman parte de un contexto que aumenta el riesgo. Y reconocer que ese riesgo existe no es culpabilizar a la víctima; es aceptar que el mundo real no funciona como nos gustaría.
Además, olvidamos que ahí, hay dos víctimas no una, la mujer y el gay al que matan, y ambas agresiones, son provocadas por la misma persona. Una de forma directa y otra de forma indirecta.
Otras banderas rojas en esa película, salen directamente de la fiesta, una mujer embarazada, muchas personas desconocidas, un espacio reducido, drogas, alcohol…que ocurriría si ahí se hubiese provocado un incendio, por el exceso de cables del DJ y la saturación de voltaje ?
Las catástrofes suelen ser el resultado de una cadena de factores, no de un único acontecimiento.
No se trata de resignarse diciendo «si hay un incendio, mala suerte». Tampoco de prohibir las fiestas. Se trata de entender qué factores aumentan el riesgo y actuar sobre ellos antes de que ocurra la tragedia.
De lo que estoy hablando es de la anticipación.
Los bomberos hacen simulacros antes del incendio.
Los ingenieros calculan la resistencia de un puente antes de construirlo.
Los pilotos entrenan fallos de motor antes de que ocurran.
Los médicos hacen practicas de operaciones, antes de operar a seres vivos.
Los arquitectos diseñan salidas de emergencia antes de que haya un fuego.Nadie dice:
«Bueno, ya veremos qué pasa.»
¿Por qué?
Porque la anticipación salva vidas.
No se trata de vivir pensando que te va a pasar algo. Se trata de estar preparado por si ocurre.
La anticipación no elimina el riesgo. Lo reduce. Y reducir un riesgo nunca ha significado renunciar a la libertad.
No podemos evitar que existan personas que hagan el mal. Lo que sí podemos hacer es dejar de construir escenarios que se lo pongan fácil.
Por que un/@ put@ chilad@ te l@ puedes encontrar en cualquier sitio, aunque hayan policías cerca.
Anticiparse a los problemas antes de que sucedan, sin caer ni en la ingenuidad de pensar que nunca pasarán, ni en la resignación de aceptar que no se puede hacer nada.Aquí es donde, para mí, fallan los dos extremos.
Por un lado, un discurso que parece decir: «Tengo derecho a todo y la realidad tendrá que adaptarse a mí.»
Por el otro, un discurso que viene a decir: «Si te paseas como un filete, luego no esperes que no te devoren.»
Y no.
No comparto ninguno de los dos.
Porque el primero niega la realidad.
Y el segundo se resigna a ella.
Ni el mundo es tan ingenuo como para creer que todo va a salir bien porque sí.
Ni el mundo debería ser tan miserable como para asumir que las mujeres son filetes y los hombres lobos incapaces de controlar sus impulsos.
Las personas no somos ni presas, ni depredadores por naturaleza.
Somos una sociedad capaz de anticiparse a los problemas, de aprender de ellos y de construir un entorno donde el delincuente tenga cada vez menos oportunidades de actuar. El ser humano, aprender de sus errores, aunque haya gente que no lo crea, si no no habría evolución.
Eso no es resignación.
Tampoco es ingenuidad.
Es, simplemente, entender que la libertad y la anticipación pueden convivir.
No podemos elegir el mundo en el que vivimos, pero sí podemos elegir cómo nos enfrentamos a él.Y no negar la realidad:
1 – El peligro existe. Siempre existirá. Negarlo es ingenuo.
2 – No resignarse a ella. Decir «es lo que hay o estas obligad@ a protegerte» tampoco sirve. Hay que actuar sobre las causas, no sobre las víctimas.
3 – Anticiparse. La anticipación no es miedo. Es inteligencia. Es observar, pensar y prepararse sin renunciar a vivir.No quiero vivir en un mundo donde tenga que ir con miedo.
Pero tampoco quiero vivir en un mundo donde me pidan que apague el sentido común para no ofender a nadie.
No me resigno.
No niego la realidad.
La observo.
Y, a partir de ahí, decido cómo quiero vivir en ella.
Y recordad que:
AQUI MANDO YO!