La Casa Gucci…

O cómo dinamitar tu propio paraíso en la tierra.
Pues sí, no la había visto todavía y la tenía pendiente. Es lo que me gusta del verano: además de los chapuzones en la piscina, me meto maratones de películas pendientes que dan gusto. Y a esta le tenía ya muchas ganas.
El elenco es bueno de cojones. Mención especial al puto Jared Leto; por cierto, no sabía ni que salía en la película. No tenía ni pajolera idea, pero fue ver a su personaje, fijarme bien y decir: «Coño, si este es Jared Leto, ¡la madre que lo parió!». Yo creo que este tipo es la Mística de los X-Men, porque no es normal cómo se transforma en cualquier persona. Cada papel que interpreta es una vuelta de tuerca a un mundo donde solo él sabe ir. Tengo que reconocer que me dio pereza verla en versión original y no sé qué voz puso, pero desde luego el papel no es que esté clavado, es que el tipo lleva la caracterización al límite de la salud mental.

Y Lady Gaga, pues está en su salsa. Con su ascendencia italo-estadounidense (Stefani Joanne Angelina Germanotta), el apellido deja claro su origen. Curiosamente, en Hollywood hay una cantidad bastísima de actores y músicos de origen italoamericano: desde Al Pacino y Robert De Niro (ese que solo sabe hacer dos papeles: «mafioso-italiano» e «italiano-mafioso»), hasta Madonna y Frank Sinatra. Es una comunidad que ha tenido una influencia enorme en la cultura estadounidense desde mediados del siglo XX.

Luego, pegados con cola, están el «Kylo Ren» Adam Driver interpretando a Maurizio Gucci, y Salma Hayek encarnando a la tarotista loca, Pina. Para rematar, salen actores de la talla de Jeremy Irons, Al Pacino, Camille Cottin (y su napia) y Jack Huston. Todo esto dirigido por el inefable Ridley Scott, creador de Blade Runner o Alien, entre otras obras colosales. Con este despliegue, nada podía salirse del tiesto.
Bueno, como siempre, destripo mínimamente la peli en plan cuchillo jamonero y luego ya voy al corte de cirujano. Empiezo:
La película va de la familia Gucci. No desde los inicios, sino desde el fin de una era: la de Rodolfo Gucci (Jeremy Irons), heredero de la firma y «digno emperador» de la moda italiana. Un hombre con un savoir-faire impecable rodeado por una caterva de parientes que no saben encontrarse el culo con las dos manos. Así tal cual lo digo, y me quedo corta.

¿Sabéis eso de «el abuelo la monta, el padre la disfruta y el nieto la revienta»? Pues este es el tema principal de la película, y quien diga lo contrario MIENTE vilmente. Los personajes son, como poco, absurdos, melancólicos y aprovechados.
Lady Gaga interpreta a la tipa que mete el braguetazo liándose con Maurizio. Y qué queréis que os diga, a ese imbécil le tocó la lotería. Pero como Maurizio es un psicópata integrado de manual, tampoco se le puede dar un premio. De hecho, es un tipo que desde el principio de la película no sabe hacer la O con un canuto; el típico playboy italiano que no sabe ni servir un Martini. Después de echar cuatro polvos con la Gaga, se planta en su casa diciendo «que m’han echao de mi kely». Menos mal que Patrizia tenía dinero y su padre una empresa, y lo pone a currar limpiando camiones.
Claro que, como buen psicópata integrado, es un tipo que se mete a todo el mundo en el bolsillo. Es el típico que va pajareando por aquí y por allí, mariposeando sin dar un palo al agua. Total, cuando se muera su padre, heredará la fortuna… sí o sí. Y eso es lo que ocurre: hereda y la vida de Patrizia cambia por completo de la noche a la mañana.

Ahora bien, hay que decir que Patrizia tampoco es una santa. Ella está acostumbrada a vivir la buena vida, a llevar los negocios de su padre y a mover dinero. Cuando conoce a Maurizio, ve el braguetazo del siglo; a fin de cuentas, para ella él es una inversión. Yo no me voy a meter en si eso está bien o mal, pero en las altas esferas la generación que sustituye al mando debe estar a la altura. Ese tipo de gente mira con lupa con quién se casa o quién se les acerca; los vigilan y hacen investigaciones previas. Tú ahí no entras si no hay alguien detrás dando el visto bueno. Así que no, ahí no se mete cualquier mindundi. Sería muy inocente pensar que este perfil de personas se casan por «amor» y ya está. Ojalá; eso significaría que tienen un mínimo de capacidad humana que, en realidad, jamás tendrán. Aquí cada uno mira por su negocio.
Al principio, Maurizio no está muy seguro de seguir con el imperio familiar, pero Patrizia le espolea: «Tú tira, que esta es la gallina de los huevos de oro». Y así es como acaban quedándose con las acciones y la herencia. Solo hay un problema: ella se deja influenciar por la loca de Pina, que le mete en la cabeza que «hay gente que le quiere quitar el trono». Patrizia, en vez de desconfiar del abogado de Maurizio, cree que es la propia familia de su marido la que quiere arrebatarles el resto de las acciones.

El error más gordo, a mi entender, es que inician una guerra de clanes familiares. Y en las guerras nunca hay ganadores: todos son perdedores. El desgaste al que llegas nunca es una buena señal, y menos para una familia tan dispar. Yo hubiera hecho piña (una piña familiar, una hidra de varias cabezas). Al ver la película te das cuenta de que cada miembro tiene una idea muy clara de lo que son los negocios, pero mientras el padre (Jeremy Irons) vivía, nunca se habían pisado la bata los unos a los otros. Se criticaban, sí, pero se respetaban las formas y los cambios se hacían paulatinamente mediante decisiones conjuntas.
Empezar una guerra interna solo lleva a la destrucción y a la balcanización de la firma, generando unos pufos de millones que arrastran durante años. ¿Y por qué esto es nefasto? Porque ahí es cuando llegan los grandes tenedores, las macroempresas y los fondos de inversión (los buitres y las hienas, vamos). Dejas de tener libertad real a cambio de una «supuesta seguridad», cuando una firma así, bien llevada, podría ser muchísimo más independiente y rentable.
Cuando analizas a los personajes, ves que cada uno tiene una visión del comercio completamente personal. Todos hacen un buen trabajo a su manera, pero para que todo fluya debe haber coordinación. Hoy en día, las grandes firmas contratan a bufetes de psicólogos corporativos para ayudar a equilibrar los egos. Si no, es imposible que todo el mundo reme en la misma dirección: hacia el triunfo, tanto económico como de prestigio.
El ejemplo perfecto lo tenemos desde el principio: Rodolfo (Jeremy Irons) es partidario de que la firma mantenga su estatus de «antigüedad» porque eso le da caché. Se casa con una alemana y mantiene ese perfume de rancio abolengo que los caracteriza. Aldo Gucci (Al Pacino), por el contrario, es el rey del trabajo de campo: se pone en contacto con artistas y famosos para que pasen por sus tiendas y salgan en las revistas con su «última adquisición», mientras revende en el mercado negro imitaciones o «réplicas» (como él las llama) para personas que jamás podrían permitirse un bolso de 6.000 o 15.000 dólares. Y finalmente Paolo Gucci (Jared Leto) representa la nueva hornada. En aquella época se veía como una locura lo que proponía, pero hoy en día todas las marcas hacen lo mismo: Armani tiene Emporio Armani o Armani Exchange, Versace tiene Versace Jeans, y Prada cuenta con Miu Miu.

Todas han aprendido que el mercado de lo que funcionaba hace cincuenta años se apaga. Hay que fusionar la marca con la modernidad sin perder el prestigio de antaño. Así conectas con nuevas generaciones que jamás sabrán de dónde venía el fundador, pero saben que les gusta, que son adquisiciones caras y que les dan estatus sin parecer que van vestidos como sus abuelos.
Pues, por desgracia, nada de esto ocurre en la película.
Pina le sigue el juego a una Patrizia despechada cuando Maurizio le pide el divorcio y se larga con una rubiaca a pasar las vacaciones en los Alpes suizos con sus «nuevos-viejos» amigos. Es entonces cuando planean asesinar a Maurizio. Pero antes de eso, Maurizio, conchabado con Patrizia, arruina a Aldo y a Paolo. ¿Y qué hace Maurizio cuando consigue todo lo que quiere? ¡Malvende la marca ENTERA a un capital inversor extranjero!
Se puede ser idiota… ¿pero tanto? Pues todavía se puede ser más lerdo. Cuando logra el control gracias a Patrizia, lo primero que hace es deshacerse de ella porque en su «nueva vida» ya no encaja. Joder, tu mujer te ha dado una hija, te ha dado un trabajo, te ha mantenido, te ha ayudado a ganarlo todo… ¿y qué haces tú? Tirarlo todo por la borda y cagarte encima.
Aunque creo que el asesinato no es la solución, puedo empatizar con una Patrizia herida en lo más profundo por la traición. Vuelvo a repetir que Maurizio actúa como un psicópata integrado de manual: se comporta de forma parasitaria hasta que encuentra un huésped más grande, en este caso, el capital inversor extranjero. Y aunque él cree que en esa empresa de inversiones va a poder comprarse Lamborghinis de tres millones, casas de quince millones, yates y vivir la vida sin límites y sin dar un palo al agua, es precisamente ahí donde le paran los pies: «Frena, que aquí no estamos para tus caprichos». Es en ese instante cuando se da cuenta de que siempre hay un pez más grande y de que, sin Patrizia, él no es nadie.
Aunque yo tengo una teoría propia… y es esta:

The Shadow Director
Elijan ustedes. Yo todavía no me he decidido.
El abogado Domenico De Sole (Jack Huston) estaba liado con Patrizia. Ella estaba despechada y él quería deshacerse de Maurizio para convertirse en el director de la marca. Juntos planearon el asesinato, pero al final solo se lo comieron Patrizia, Pina y los sicarios.
¿Por qué pienso esto? Porque en la película se deja ver cierta química entre ambos. Aunque luego Patrizia le advierte a Maurizio que desconfíe del abogado, Maurizio es incapaz de hacerlo porque Domenico le ha llevado los negocios a su padre de toda la vida. Es la forma más lógica de que Maurizio caiga en su propia trampa por culpa de su soberbia. Ya sabes: «los enemigos de mis enemigos son mis amigos»… Pues no, Maurizio, no. La has cagado de lleno.
También me sorprende que en aquella época, con la de millones y poder que manejaban, y con las mafias italianas de los años 80 y 90 matándose entre sí (el dueño de la Fiat cambiaba cada día de coche, de ruta y hacía mil peripecias por seguridad), Maurizio no tuviera ni guardaespaldas. El tío iba en bicicleta y mantenía unas rutinas fijas… Qué despiste de hombre. Pero claro, los psicópatas integrados suelen creer que están por encima del bien y del mal y que nunca les va a ocurrir nada porque son «especiales»… Sí, especialmente idiotas.
Es solo una hipótesis, pero es una muerte muy casual que, curiosamente, solo benefició a una persona: Domenico De Sole.
Por lo demás, creo que esta película en realidad se debería haber titulado Los Soprano.
Recordad que aquí… ¡MANDO YO!
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